Memoria de mis putas tristes. Gabriel García Márquez
Elogios de la vejez como éste se van a convertir en el tema recurrente de la literatura del siglo XXI. La razón es bien sencilla: las editoriales, cada vez más supeditadas al negocio, a las ventas y a la publicidad, comienzan ya a explotar los sentimientos del lector, la vida cotidiana de todas las personas con el interés claro de obtener cada vez más beneficios. Y esto es lo que ha ocurrido con Memoria de mis putas tristes, del afamado Gabriel García Márquez.
Resultó un tanto espectacular observar la campaña mediática que acompañó la publicación de este libro. De tanta intensidad que por poco eclipsa el argumento del nuevo libro. No importaba el qué, sino quién. García Márquez cedió a las reglas del mercado sólo por dinero, pues la fama ya la tenía de antemano tras años en la profesión periodística y literaria. ¿Fue la presión editorial la que le obligó a escribir esta brevísima novela? Es la única excusa que se puede encontrar para justificar las semejanzas (demasiado descaradas) con un relato anterior del japonés Yasunari Kawabata: La casa de las bellas dormidas.
Las voces de plagio se extendieron al poco tiempo por los círculos literarios mundiales. Y no es para menos, pues el argumento es el mismo (salvo pequeños matices) y el desarrollo demasiado cercano. ¿García Márquez copió? Desde esta breve columna defiendo que no, pues el aura de ambas novelas difiere en exceso. Kawabata, todo sensibilidad y buen hacer literario japonés. García Márquez, repleto de sentimientos primarios e impulsivos. Por esta razón, para lograr comprender Memoria de mis putas tristes es imprescindible recurrir a Kawabata y a su imaginario zen. Sin él, la preparada mesa marqueciana se queda coja.