LUNES.
18:00 horas.
ÑikiÑakaÑikiÑakaÑikiÑaka…
Me estoy haciendo vieja. Me duele todo sólo de pensar el ese sonidito intermitente y rítmico de los muelles de la cama de (pongamos) Antonia.
NikiÑakaÑakaÑakaÑikiÑiki…
¿Por qué será que me causa justo el efecto contrario? Me está creciendo una carcajada desde lo más hondo de mi estómago y temo que salga a la luz. Si abandonan la habitación (que lo dudo), me van a ver roja como un tomate, pero no de vergüenza o excitación, sino de risa…
Esto me está recordando la historia-interminable-para-ya-que-no-me-interesa de la Bridget Jones alcoyana: alias la Reina S. y Pichita de Oro. (¡Ay cuánto te quiero ahora! Sólo ahora, ¿eh?, que dentro de diez minutos estaré en el coche con otra. Pero, ¡mira que eres guapa-cuánto-te-quiero-voy-a-dejar-a-mi-mujer-por-ti!). Sí, las telenovelas también existen en la vida real y son mucho más reales. Pues bien, Antonia podría ser perfectamente Pichita de Oro, pero en femenino. ¿Coñito de Oro? Se admiten apuestas.